Luzius: Capítulo 1

Comienza la semana y comienza el primer capítulo.

Y por el mismo precio, el primer episodio en cómic:

Luzius4pagjuntasCAPÍTULO 1

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 GÉNESIS

La noche anterior

“En el principio, creo Dios el cielo y la Tierra…”

Aquella tarde, las nubes rebosaban polución de un color enfermizo reflejado por la luz de la ciudad.

Los edificios, ajados por el tiempo, por la polución, por el aire viciado, por las pintadas, por los carteles publicitarios de sex–shops, constituían ruinas de la humanidad erigidas mucho tiempo atrás y descuidados por sus habitantes.

Las palomas volaban entre los miasmas de la sociedad sobre una ciudad llena de fábricas, de torres, oficinas y templos al trabajo y la explotación del hombre. Un ave aburrida se posó en el alféizar de una ventana en busca de descanso. Picó el cristal de la ventana confusa por su propio reflejo. El golpeteo resonó con eco en la oscuridad del interior donde papeles desordenados sobre mesas destartaladas luchaban por mantener el equilibrio en una torre de babel burocrática. Un sucio acuario pegado a la pared escupía burbujas en un intento de oxigenar y dar vida a un agua muerta.

“la Tierra era confusión y caos, y las tinieblas cubrían la faz del abismo, mas el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas.”

La cerradura de la puerta de entrada crujió ante la presión de unas llaves. La puerta se abrió ligeramente mientras una mano se introducía en busca del interruptor de la pared. Con un suave clic se hizo la luz en la oficina. Una luz verde, innatural que desprendía sombras sobre los objetos restándoles color. Alumbraba solamente manchas en el suelo, hojas secas de plantas muertas y marañas de polvo acumuladas debajo de las mesas. Los fluorescentes se encendía y apagaban en un intento de permanecer alumbrados, pero a aquella fosforescencia apenas le quedaba vida para parpadear insistentemente anunciando su muerte y clamando por un recambio que nunca llegaba.

“Y Dios dijo: “Sea la luz”, y fue la luz. Y Dios vio que era bueno. Y separó Dios la luz de las tinieblas; y llamó Dios a la luz día, y a las tinieblas las llamó noche.”

En el acuario, dos pequeños peces de colores flotaban panza arriba en la superficie mientras comenzaba a rotar el motor de oxigenación. El fluir del agua reciclada creaba lentamente una marea que empujaba sus cadáveres a una esquina. Abandonados, separados de la endeble vida acuática. Muertos.

“Y Dios dijo: “Que haya una extensión en medio de las aguas, que separe las aguas de las aguas…”

Luzius, rey de aquellos reinos olvidados, recorrió sus deprimentes dominios recogiendo sin ningún cuidado los peces del estanque para tirarlos después a la papelera más cercana. El hedor a podredumbre subía desde la cesta de basura y escapaba por el resquicio de la ventana. Su pestilencia acababa uniéndose a los humos putrefactos del restaurante chino “La Muralla” que emanaban por los extractores para sumarse a las nubes de polución.

Polvo al polvo. Cenizas a las cenizas.

“Y así fue. Y Dios llamó a la extensión cielo.”

Luzius apuró una calada de su cigarrillo y lo apagó en una maceta. La triste imitación de planta que la habitaba estiraba sus lánguidos tentáculos marrones intentando alcanzar vanamente la cúspide de una agarradera de plástico. Pero, como las esperanzas del hombre y sus buenas intenciones, solo lograba quedarse a mitad del camino.

“Y Dios dijo: “Brote la tierra hierba verde, plantas que den semillas, árbol de fruto que produzca fruto según su especie”. Y así fue. Brotó pues la tierra plantas verdes de toda clase. Y Dios vio que era bueno.”

Entre sus zapatos marrones, descoloridos y rotos por el uso, corrían ratas de oficina en busca de migas de algún subproducto de máquina, que si bien carecía de todo poder nutritivo, saciaba el vacío del estómago y entretenía fugazmente la mandíbula. Pero la búsqueda de alimento era fútil y tan sólo las cucarachas, ásperas y de caparazón duro, podían suponer alimento para aquellas pobres criaturas. Corrían y saltaban, chillaban y mordían, se mataban entre ellas y horadaban las paredes y las vigas para crear sus hogares entre la basura del hombre.

“Dios dijo: “Produzca la Tierra seres vivientes, animales domésticos, reptiles y bestias salvajes según su especie”.

Al mismo tiempo que una rata se alimentaba de los peces muertos que asomaban por el cubo roto de basura, un gato negro la miraba desde la ventana esperando verla engordar hasta que su hambre felina le obligase a saltar sobre su presa y recorrer un escalón más en el ciclo de la vida.

Y así ocurrió. En un abrir y cerrar de ojos, solo quedó un charco de sangre de rata donde antes se encontraba el cubo de la basura. La ventana quedó vacía a la espera de un nuevo huésped mientras la luna se asomaba entre las nubes.

 “Y así fue. Y Dios vio que era bueno”.

Una vez más el interruptor cayó para dejar la oficina en penumbra. Solo los faros de los coches que pasaban por la calle alumbraban la habitación. Su luz se filtraba por la ventana y recorría la estancia provocando un baile de sombras, una danza viva que la luz artificial que la iluminaba de normal no sabía darle.

En la calle, prostitutas en las esquinas ofrecían su carne al peso de lo que costaba una mala cena de microondas. Los camellos vendían papelinas a los jóvenes sin remordimientos. Los mendigos se tumbaban en los bancos usando cartones como mantas y vomitando sangre en lo que podría ser su última cena.

Y entre todos ellos, Luzius, con su chaqueta de pana y su cartera bajo el brazo, caminaba cabizbajo sin atender a las ofertas lascivas de las meretrices que le acosaban en los semáforos. Su ropa mostraba tantos zurcidos, coderas y rodilleras, que parecía hecha de restos de otras prendas, como si de un monstruo de Frankenstein se tratase.

“Y Dios dijo: “Que se alcen seres que tengan dominio sobre formas inferiores”. Entonces, Dios creó al hombre a imagen suya; a imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó”.

Esta era la era del hombre. La era en la que hombres, mujeres y niños vivían a cientos de metros del suelo. Donde los edificios eran de cristal y espejos. Donde la arquitectura desafiaba a la gravedad. Y sin embargo, Luzius llegaba al portal de una casa semiderruída donde la gravedad había triunfado sobre los sueños porque se construyó cuando el hombre tenía los pies en la tierra y no la mente en las nubes.

Introdujo la llave en el portal y la hizo girar con gran esfuerzo preguntándose cuándo sería el día en que se rompería y no podría entrar. Pero en realidad no le importaba.

Frente a su casa un coche de policía y una ambulancia esperaban pacientes. No había allí nada que pudiese interesarle, pero la curiosidad le ancló los pies en el suelo y giró su atención hacia el otro lado de la calle.

En la ventana del segundo piso un luminoso con el dibujo de una mano azul dentro de un círculo morado brillaba levemente mientras su letrero rezaba: “El oráculo lo sabe”. De las escaleras de la entrada una camilla bajaba a trompicones con un cuerpo tapado completamente. Los vecinos se miraban unos a otros con expresión de asombro, de susto, de indiferencia y de sospecha. Todo cabía en un barrio como aquel.

Una mujer lloraba desconsolada viendo la camilla cruzar ante ella, cuando de repente, una mano muerta se escapó por debajo de la manta que la tapaba. En su muñeca, una pulsera plateada tintineaba mientras figuras de los signos zodiacales entrechocaban unos con otros. Algo le había pasado a la pitonisa.

Los sucesos extraños siempre ocurrían por la noche. Cuán extraña era la noche.

Luzius entró y subió hasta el tercer piso.

Entró en su casa, un tugurio cochambroso donde la pila de platos sucios en el fregadero luchaba en altura con su análoga burócrata de la oficina. En las paredes había más agujeros que ventanas. El único “aire acondicionado” que iba a conseguir por mucho que se lo pidiese a su casero.

Tiró su cartera al suelo, y el ruido que hizo parecía que iba a romperlo y a caer al piso de abajo.

Una cama sin sábana de la que salían dos muelles era el único mobiliario. Un par de cubos recogían las goteras que caían del techo incluso en los días que no había llovido. Las cucarachas campaban a sus anchas por todo el suelo, la encimera de la cocina o cualquier rincón de la casa. Tan sólo con encender la luz desaparecerían todas corriendo a ese mundo del que nadie sabe sacarlas. Pero, claro, la luz no funciona.

“Y Dios les bendijo y les mandó: “Sed fértiles y multiplicaos, y llenad la Tierra y dominad los peces del mar y las aves del cielo y los animales que se arrastran por la Tierra”. Y eso fue el sexto día”.

Luzius tiró todo a la esquina del dormitorio. Se tumbó en el colchón sin quitarse la ropa. Encima de él la ventana abierta dejaba ver cómo la policía y la ambulancia se llevaba el cuerpo de la pitonisa. La gente desaparecía de la escena tan rápidamente como una bandada de palomas asustadas por un disparo. Volvían a sus casas, a sus vidas, a sus pesadillas. Tan sólo quedó, encendido y brillante, el letrero luminoso: “El oráculo lo sabe”.

“Y al séptimo día descansó”.

Mañana todo habría acabado.

Su nombre era Luzius, Luzius Finend, y esta es la historia de cómo un día se encontró con DIOS.

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