Luzius: Capítulo 2

Segundo capítulo de Luzius.

Seguro que lo esperabais como agua de mayo. Y esta vez un poco más largo. Y con la última página del cómic dibujada por Javier Ara y con imágenes del Story para el guión cinematográfico de Santiago García-Clairac.

Luzius Pág 5

CAPÍTULO 2

luzius_logo

La mañana llegó como cualquier otra, con la luz trémula de un amanecer tímido. El espejo devolvía a Luzius la imagen de una cara demacrada por la mala nutrición. Los huesos de los pómulos se marcaban como los de un drogadicto que cambia su pan por una esnifada a una bolsa de pegamento. No se había afeitado en varios días. Y tampoco lo haría hoy. Ni siquiera para ocultar las canas que asomaban ya por las patillas. Con un dedo se bajó el pómulo para ver el interior de su ojo derecho. Sacó la lengua. Tenía un color enfermizo cubierta por una capa de baba espesa y amarillenta.

Sólo se le ocurrió volver a mirar y exclamar: “¡Dios!”

Recogió su abrigo y salió corriendo como todos los días. El portal de su casa podría ser un homenaje a las ruinas de la segunda guerra mundial cuando los nazis bombardearon Londres. Pero en realidad sólo era un edificio de renta baja en los suburbios.

Las lámparas de la calle estaban todas rotas o funcionaban a medias. Restos de periódicos volaban por las aceras entre las hojas de otoño. Y por poco lo hicieron junto con el sombrero de Luzius si éste no llega a agarrarlo con fuerza.

Frente a su casa el cartel de la adivinadora de cartas que presumiblemente murió el día anterior se mantenía apagado. Pero aun así, todavía podía leerse con facilidad el texto que colgaba en la ventana.

“El Oráculo lo sabe”.

“Ojalá fueran las cosas tan sencillas. Alguien que te diga lo que te espera no me vendría mal” pensó Luzius.

En ese mismo instante el rótulo luminiscente se encendió.

¿Casualidad? ¿¡A quién le importa!?

Luzius caminaba entre indigentes borrachos, pedigüeños y prostitutas que se drogaban en las esquinas esperando algún cliente desesperado. Un perro ladraba a un gato que se escondía entre los barrotes de una terraza.

Aquella era la tierra de los desterrados, de los olvidados, los cimientos de la sociedad en la que vivimos hoy. No dentro de mucho toda aquella gente estaría muerta. Unos por Sida, otros por sobredosis, por un navajazo en el estómago, un ajuste de cuentas, un accidente de tráfico… la muerte iría reclamándoles a todos llegado su momento.

Sin parar de andar, como quien atraviesa una puerta mágica que nadie ve, con sólo doblar la esquina, el infierno se volvía luminoso. Sólo había dado un paso, tan sólo había cruzado un par de calles y dejado atrás unos cuantos edificios sucios; pero ahora las lámparas daban luz, las papeleras no rebosaban basura y a los coches no les faltaban los tapacubos.

Las ciudades tienen su cara hermosa y brillante, pero también tienen su trastienda. Aquel lugar donde se esconde lo que nadie quiere ver. Y ese lugar era donde vivía Luzius.

No obstante, Luzius caminaba ahora entre escaparates de joyerías y galerías de arte mientras una mujer paseaba su caniche. La mujer despreciaba a la gente de los suburbios, eran sucios, penosos y desagradables. Pero, como ocurre muchas veces, el objeto de su odio y repugna era también el de su obsesión para la crítica. La mujer no podía dejar de mirar a Luzius, porque en el fondo todos somos humanos y nos fascina lo que es distinto a nosotros. Por desgracia, para la mujer, habría sido mejor que hubiese atendido al tráfico cuando cruzaba la calle, porque corría el peligro de… ¡CRASH! … ser atropellada por un coche.

Pero la indiferencia es un acto recíproco y Luzius ni siquiera se dio la vuelta para ver qué había ocurrido. Hizo lo que siempre hacía, siguió andando, giró la esquina y retornó a la trastienda de la ciudad, a los oscuros callejones donde lo que acababa de pasar era normal. Donde la muerte siempre estaba presente como una compañera de mil caras.

La muerte era el único aspecto justo de la vida. Se llevaba a ricos y pobres. Era el rasero que los igualaba a todos.

Luzius parecía vagabundear entre los callejones, pero sus pasos eran decididos, acostumbrados a un camino recorrido muchas veces y que se realizaba dejándose llevar por la inercia de la repetición diaria hasta que entró en un portal mugriento de un edificio cochambroso.

Entró en el ascensor enrejado de la planta baja. Y mientras cerraba las puertas vio un borracho que se encontraba tirado detrás de la puerta de entrada. Tenía la botella caída derramando líquido sobre su camisa, incapaz de mantener cuerda su mente, recta la botella y retenida la vejiga.

Sí, la muerte era justa.

Apretó el botón del último piso. Esperó lentamente el subir de la caja metálica, el rechinar de los cables y el crujir de la madera con la que estaba hecho el ascensor. Un crujido demasiado fuerte o un rechinar lo suficiente crujiente que rompiese algo y el ascensor se convertiría en un ataúd en una rapidísima caída.

Pero, ¿a quién le importaría?

Hoy, no se rompería nada.

Quizá mañana, o pasado o…

El ascensor se paró. Había llegado a su destino. Retiró las rejillas metálicas, empujó la puerta; y contempló el pasillo oscuro que conducía a la puerta verde del ático. Había andado mucho esa mañana como para quedarse atrás ahora. Y la muerte, por muy justa que fuera, a veces era… demasiado lenta.

Cap- 2x01Mil cuatrocientos noventa y siete pasos y veinte centímetros de cornisa. Ese era el recorrido desde la puerta de su casa hasta el suicidio. Un paso más y todo habría terminado.

Desde la cornisa la perspectiva era muy diferente a cómo se lo había imaginado. Las personas se veían enanas. Los coches parecían de juguete. En un apartamento de enfrente alguien se estaba follando a su secretaria disfrazados de soldados nazis y una anciana daba de comer a las palomas echando migas en el alféizar. Un día tan bueno como cualquier otro para acabar con su vida… si ninguna circunstancia lo impedía.

Y la circunstancia llegó desde detrás en forma de voz de hombre.

“Eh, oiga. ¿Qué está haciendo?” escuchó Luzius.

Luzius giró la cabeza lentamente. Se encontró cara a cara con un hombre delgado, de pelo canoso, barba de tres días y mirada perdida que sujetaba un maletín con una mano y la puerta de la azotea con la otra.

“¿Quiere usted suicidarse?” preguntó el hombre ingenuamente.

“Sí. ¿Va usted a intentar detenerme?” le contestó con desaire.

Ni siquiera esperó la contestación. Giró de nuevo su rostro hacia el hormiguero viviente del suelo que sería su tumba y comenzó a olvidarse rápidamente del intruso.

“Es curioso” volvió a interrumpir el recién llegado.

“¿El qué?” preguntó Luzius volviendo a girarse inquieto.

“Yo también venía a suicidarme” contestó.

“Pues usted mismo. Le veo en la otra vida.”

Luzius giró la cabeza de nuevo hacia la calle sin mostrar el más mínimo interés. Suicidarse en realidad era una tarea muy sencilla. Sólo había que tomar la decisión y saltar. Siempre y cuando no te interrumpiesen a cada momento.

“¡Espere!” gritó el hombre soltando la puerta y acercándose a él.

El hombre mostraba unas ojeras tan negras que parecía un panda. Su traje no había sido lavado en semanas. Sus dedos asemejaban sarmientos delgados que se agarraban desesperados a un maletín negro. Y su mirada, como la de un pájaro de mal agüero, se posaba rápidamente en todo lo que le rodea; y, con la misma rapidez, se alejaba y volvía a buscar un nuevo lugar donde fijarse. Hasta que finalmente se centró en el edificio de enfrente. Sus pupilas se abrieron al límite mientras absorbían toda la imagen allí donde la pareja de amantes nazis seguía fornicando frenéticamente. Ella se apoyaba en la mesa mientras el hombre la penetraba por detrás con el cuello arqueado hacia atrás en éxtasis. Detrás de ellos, una cámara de vídeo grababa sus perversiones. Los gemidos de ella eran audibles desde la azotea, pero los gritos de él seguramente llegasen hasta la próxima manzana.

“Ve aquellos dos del edificio de enfrente. Ella es mi mujer. Él mi jefe” dijo el hombrecillo mientras ella se sentaba en la mesa y guiaba la cabeza de su amante hacia su entrepierna y le golpeaba con una fusta mientras reía de placer agarrando su gorro militar con la mano que le quedaba libre. “Son unos degenerados. Les encanta todo ese tipo de juegos. Empecé a sospechar cuando vi los moretones de ella en un muslo. Se puso muy nerviosa cuando le pregunté cómo se lo había hecho. Y le hice seguir.”

Ajenos a la narración, ella se subió en la mesa de pie y comenzó a orinar mientras su amante recogía la lluvia dorada en la gorra militar a modo de cáliz al mismo tiempo que lo bebía con deleite.

“Yo no puedo vivir así. Él ha amenazado con despedirme si no consiento sus atrocidades y ella se ríe de mí siempre que estamos juntos”,  siguió narrando mientras las lágrimas recorrían su cara como un río que fluía hasta sus manos. “No puedo más, de verdad. Es demasiado para mí. Yo la quería, la quería. Y… y…”

Las palabras se apagaron en su garganta, incapaces de salir con fuerza propia mientras su cuerpo temblaba entre hipido e hipido. Con un lento balanceo, respiró profundamente procurando frenar las ganas casi incontrolables de llorar. Agarró con fuerza su maletín sin dejar la mirada anclada al suelo y a sus pies.

Después de unos treinta segundos finalmente hizo la pregunta que Luzius estaba temiendo.

“Y usted ¿por qué quiere suicidarse?”

Luzius le observó con el cuerpo todavía mirando hacia la calle y la cabeza girada hacia él. No había muestras de compasión en su rostro, tan sólo aburrimiento y el mismo vacío en la mirada que su compañero de destino. Había retrasado su suicidio más de lo que tenía previsto y decidió zanjarlo rápidamente.

“Llevo un departamento de quejas. Estoy hasta los huevos de oír la mierda de gente como usted”.

Sin nada que decir, sin nada que contestar. Así quedó el hombre del maletín. Los ojos bien abiertos con ojeras llorosas y la boca entreabierta, los hombros caídos, el alma enterrada.

Por un instante Luzius pensó que había sido demasiado brusco. Pero ese instante apenas duró lo suficiente como para darle importancia. En situaciones como aquella no era momento de pensar en las consecuencias. Suicidarse era pecado y tratar mal a una persona en el último instante no iba a agravar mucho su condena en el infierno.

Y sin embargo, le dijo:

Cap- 2x02“¿Saltamos juntos?”

“B…b…bi…bien” le contestó sin apenas creérselo.

Luzius le ayudó a subirse a la cornisa. Ambos miraron hacia abajo, hacia lo que sería su último destino en esta vida. El último paso siempre era el más difícil. Y todo gran viaje comenzaba con un paso.

El tipo trajeado se agarraba con fuerza a su maletín como si, después de todo, fuese un asidero a la vida. Sin embargo, Luzius dejó los brazos relajados, escuchó el latir de su corazón, lo sintió como un tambor fúnebre que marcaba el ritmo de lo que iba a ser su último adagio y sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía… paz.

“A la de tres: 1… 2… 3”

Luzius saltó con fuerza. Abrió bien los brazos como un ave que quería abarcar todo el cielo. El tipo trajeado simplemente se dejó caer, inclinando su cuerpo cada vez más y más hasta que la gravedad hizo su trabajo.

Cap- 2x03Dicen que cuando uno está a punto de morir ve pasar su vida entera como una película. Ven su infancia, sus recuerdos hermosos, sus pesadillas…

Pero el tipo trajeado solo vio la ventana de su mujer y su jefe; que estaba apoyado en la ventana con el culo en pompa. Ella tenía un consolador en la mano preparado mientras su cara se crispaba de terror al ver el cuerpo de su marido caer.

Otros ven su primer amor, la primera vez que le rompieron el corazón… Pero Luzius vio sus manos protegiendo su rostro asustado. Saltar no le daba miedo, pero la posibilidad del dolor le aterraba. El suelo se acercaba rápidamente.

Y ya sabes.

Lo que te mataba no era la caída, sino el golpe.

Pero al final de aquella vida. Justo en el momento en el que iba a terminar. Cuando las baldosas estaban tan cerca que se podían ver hasta las motas de polvo sobre ellas, sólo había un deseo en la mente de Luzius: VIVIR

Cap- 2x05“Oh, Dios, no”, famosas últimas palabras.

Todos los huesos del cuerpo del hombre trajeado chasquearon al romperse como cereales de arroz crepitando en un tazón de leche. Pero ni el fuerte impacto permitió que soltase el maletín al que aún se agarraba desesperado con la mirada fija en el vacío. Si no fuera por el enorme charco de sangre que se esparcía bajo su espalda nadie pensaría que estaba muerto, sino simplemente tumbado en la acera. Y como ocurre siempre en estos casos, la gente se agolpó para ver y recrearse en el mal ajeno.

La gente se aglomeró rápidamente alrededor del cadáver. Un matrimonio, un hombre gordo con un puro en la boca y su mujer, tan gorda como él, con un traje hortera de margaritas y sombrerito a juego, discutían como si fuese el carburante de su matrimonio.

“Oh, Dios mío, es horrible”.

“Putos brókers con mala suerte”.

“Cállate Charlie, por Dios”.

“¿Qué llevará en el maletín para agarrarlo tan fuerte?”

“Cállate tú y mira a ver si le imitas un día de estos”.

“Oh, Charlie, eres incorregible”.

Un niño se agachó para recoger el maletín. Lo abrió sin miramientos ante el enfado de su madre. Su madre intentó coger a su hijo por detrás tirando de su camiseta para que no se metiese en líos. Una vieja en bata de casa abrió los ojos de par en par, su cara de indignación, practicada a lo largo de los años, surtió el efecto deseado en la muchedumbre. Un ejecutivo no dejaba de dar detalles por su teléfono móvil como si de un partido de fútbol se tratara.

Cap- 2x04“Peter hijo no te acerques”.

“Pero quiero ver lo que hay. Cuidado que me tiras”.

“Sí tío, espachurrado en la acera. Como lo oyes tío. Te lo juro”.

“Vámonos Marla”.

“No podemos, habrá que hacer algo”.

“Llamar al basurero, este ya es historia. Vamos”.

Mientras tanto, madre e hijo se peleaban por el maletín, lo que provocó que el maletín se abriera. Un frasco de cristal rodó desde el interior por el suelo hasta los pies de uno de los espectadores. Alguien tan sorprendido por lo ocurrido que apenas prestaba atención a las conversaciones que le rodeaban.

“Mira lo que has hecho mamá”.

“Cállate y vámonos rápido, ya has tocado bastante”

“¿Qué demonios es eso?”

“No te lo vas a creer tío, en el maletín llevaba su…”

“Dios mío es un pene”.

“Querrás decir una polla, Marla”.

“Bruto, se le llama pene. Eres un grosero”.

“Lo que quieras, pero si esa es su polla, este tío ya estaba muerto antes de tirarse”.

“Por Dios Charlie, es que sólo puedes pensar en eso”.

“Soy un hombre. ¿Qué pasa?”

Luzius guardaba silencio entre toda la muchedumbre. El bote todavía se movía entre sus pies mientras él miraba fijamente al cadáver  para después dirigir la mirada a sus manos. Las giraba una y otra vez cerciorándose de que no eran transparentes, de que por sus venas todavía circulaba sangre. Y por mucho que lo hacía, seguía sin entender nada. Se agachó para recoger el frasco. Agarró el bote de cristal y lo sostuvo en su mano mirándolo con incredulidad. En su fuero interno, todavía pensaba que sus dedos atravesarían la materia sólida sin llegar a tocarla.

Sin previo aviso una mano se posó sobre su hombro derecho sin apenas hacer presión. Una mano normal, a la que le seguía un brazo normal que llevaba una camisa hawaiana de palmeras, olas y surfistas no tan normal.

Y cuyo dueño le susurró:

“Luzius…”

Por un instante Luzius alejó la mirada del frasco para ver quien le hablaba; y en ese instante la mano del hombre pareció una mano esquelética y el brazo estaba cubierto con una túnica negra.

“ …tenemos que…”

Pero eran alucinaciones, la mano era normal. Tan normal como puede ser una mano normal que sigue a un brazo normal con una camisa hawaiana no tan normal, cuyo dueño le susurraba:

“…hablar”.

Cap- 2x07

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