Luzius: Capítulo 3

Tercer capítulo de Luzius.

Seguro que ya estábais mordiendoos las uñas. Preparaos para un final increíble. Y una vez más contamos con imágenes del Story para el guión cinematográfico de Santiago García-Clairac.

 

CAPÍTULO 3

luzius_logo

Cuando se tiene que hablar de algo, se hace mucho mejor en un bar frente a una taza de café y algo de comer. Incluso, cuando con quien tienes que hablar es con La Muerte misma. Por eso Luzius se encontraba sentado en un 24H tomándose un café en una taza enorme con margaritas y abejas sonrientes dibujadas en su superficie. Frente a él, la Muerte jugaba con su tenedor desmenuzando el pescado que tenía en el plato. Cindy, una camarera de dieciocho años que trabajaba allí para pagarse las clases de interpretación servía café a la gente, haciendo la ronda para ver si alguien quería algo más para pasar el rato e incrementar su propina.

“Creía que iba a morir” dijo Luzius dejando su taza con cuidado en el platito repleto de dibujos de panales y tarros de miel.

“Suele pasar cuando saltas de una azotea y te estrellas contra el suelo” le contestó La Muerte sin dejar de jugar con su comida.

“Ya, pero yo estoy vivo. ¿Porque estoy vivo, no?”

“Sí, y es la primera vez que me pasa. Te lo juro”, aseguró la Muerte.

“Joder”.

Es comprensible que Luzius se sintiese confuso. ¿Cómo te sentirías si saltases de una azotea y cinco minutos después estuvieses tomando café con la Muerte vivito y coleando? Lo que no era tan normal era que La Muerte misma se sintiese contrariada al respecto.

Y aún había alguien que podría sorprenderse también cuando se diese cuenta de que la Muerte estaba en su cafetería. Y es por eso que Cindy dejó caer la jarra de café que llevaba en sus manos al llegar a la mesa de Luzius y posar su mirada en su acompañante. Después de la marea de café que se desparramó por todo el suelo siguió un gritito histérico, como sólo una joven de 18 años puede emitir; audible por todos los clientes del bar y por la mayoría de los perros y murciélagos de Londres.

Cap- 3x01Oh, perdón. Dios mío. Es… es… es usted de ¿verdad?” le dijo la camarera a La Muerte.

“Sí, querida” contestó.

“P…p…podría darme un autógrafo”.

“Por supuesto, preciosa. Dame tu libreta y el bolígrafo”.

Sólo unos pocos privilegiados sabemos la verdadera identidad de La Muerte y vivimos para contarla.  Por razones lógicas y de confianza, y porque podría afectar a su carrera profesional (ya que la Muerte en sí tiene muy mala prensa y el público es muy especial para estas cosas) me veo en la obligación de mantener el secreto profesional. Sólo puedo decir que se trata de un actor cómico inglés, al que llamaremos simplemente John.

“¿A quién lo dedico?” le preguntó John.

“A Cindy”.

“Muy bien. A Cindy pues”.

“No me lo puedo creer, usted en mi restaurante. Me matas de risa”.

“Eso ya lo veremos. Aquí tienes querida”.

“Muchas gracias. De verdad, muchas gracias”.

Cindy se fue con una sonrisa en la boca. Sus manos apretaban la libreta con su preciado autógrafo ante la mirada atónita de la gente del bar. Por unos instantes fue la envidia del populacho en lugar de la jovencita a la que incordiar porque no le traían sus huevos escalfados y su café caliente.

“Creo que nunca me recuperaré de esto. ¿De verdad eres la Muerte o sólo has copiado la imagen de un actor al azar?”

En ese instante La Muerte frunció el gesto de su cara y con un dedo acusador señaló el pescado.

“La mouse de salmón” recitó con voz profunda[1].

Luzius abrió bien los ojos, como buscando algo de sentido a aquella situación.

“¿Pero qué te pasa? ¿Es que no has visto ‘El Sentido de la Vida’?”

“Lo siento, no voy al cine ni veo la tele”.

“No me extraña que te quisieras suicidar”.

“Sí, sí. Muy gracioso. Pero la cuestión es ¿por qué no estoy muerto?”

“Mira chaval. En las pelis, y todo eso, me definen como un ser de increíble conocimiento ya que estoy en contacto con las fuerzas primarias. Pero eso son chorradas. La verdad es que sólo soy un basurero. Un basurero cósmico, pero sólo un basurero. Yo me encargo de llevarme la vida restante según es necesario. ¿Sabes? No hay una agenda con fechas, no hay un día señalado ni nada de eso. Me alimento de ella según llega, eso es todo. Para eso me creó Dios y a eso me dedico. Bueno, a eso y a la comedia. Y he de decir que se me da muy bien. ¿Has oído hablar de La gracia de Dios? ¿Eh? Pues una mierda comparada conmigo.”

Como un niño pequeño al que acababan de reprender, Luzius se sentó hundido en su butaca. Pero con la sorpresa de una revelación.

“¡¿Dios!? ¿Entonces Dios existe de verdad?”

“Por supuesto, pero no puedo hablarte de él”.

La Muerte se levantó y echó unos billetes sobre la mesa; sin que Luzius fuese capaz de levantar su culo del asiento ni su mirada de La Muerte.

“Guau”, dijo Luzius.

“Sí, guau. Anda, vamos. Te acompaño a casa”.

El camino a casa fue lento y tranquilo. Dos figuras que paseaban por las calles de Londres apareciendo y desapareciendo entre las luces de las calles y los oscuros rincones de las traseras de la civilización.

En la calle de Luzius todavía se podía ver el luminoso encendido de la pitonisa muerta. Un coche pasaba velozmente por la carretera levantando una hoja de periódico. La hojas se enganchó en una de las farolas rotas que se alineaban en las aceras como árboles muertos de un camino olvidado. Las papeleras rebosaban basura mientras un gato buscaba alimento entre los despojos. Al oír las voces de Luzius y la Muerte saltó al alfeizar de la casa más cercana y desapareció después en la oscuridad de un callejón, desde donde sus ojos brillantes seguían a los transeúntes.

“Y entonces le dice a su mujer que está en la puerta con una escoba en la mano: Vas a barrer o a volar. Ja, ja, ja”.

“Muy bueno” le comentó Luzius, “pero todavía no sé por qué he sobrevivido”.

“Sí lo supiese te lo diría, pero estoy tan confuso como tú”, contestó John.

“Bueno, al menos te he conocido”.

“No eres el único, pero sí el primero que sobrevive a ello. Je”.

“Sí, je”.

La casa de Luzius era una ruina. La fachada era horrible. Las macetas de la vecina del segundo cobijaban plantas lánguidas y moribundas.
Otras ventanas estaban rotas y de los alféizares nacían estalactitas de cagada de paloma. La única luz visible era la de una ventana de color rojo de la que escapaban gemidos fingidos que no engañarían ni al más desesperado, pero que no parecían ofender a su cliente.

“¿Vives aquí?” preguntó John con mirada de asco.

“Me gustaría más un palacio, pero es lo único que tengo”.

“Te llevaría conmigo, pero por alguna razón, no puedo”.

Luzius abrió la puerta de su portal con una mano y con la otra se despidió de la Muerte.

“Adiós John”.

“Adiós Luzius”.

Y como si nunca hubiese estado allí, Luzius acabó estrechando la mano al viento.

Las llaves penetraron en la cerradura con un fuerte chirrido, quejándose y gritando por no querer abrirse. Y si todo lo que había pasado hasta ahora era como salido de una película de ciencia ficción. Aún quedaba noche por delante. Luzius se había suicidado pero no había muerto. La Muerte era un actor con sentido del humor británico. Pero lo que le dejó en shock aquella noche fue lo que encontró al abrir la puerta de su casa.

Cap- 3x02Luzius sólo había dado un paso en su apartamento, pero todo era blanco, de porcelana, mucho más amplio de lo que cabía esperar. Piezas de alabastro, estatuas de mármol, una fuente en mitad de la sala, candelabros de oro, relojes de brillantes, lámparas de cristal, un palacio de 4.000 metros cuadrados en su apartamento de 40 m.

Pero entre todo aquel caos tan bien ordenado. Entre el mundo nuevo que se había creado en el interior de su destartalada casa. Entre todo aquel hábitat cambiado, permanecía algo invariable. Al fondo, muy al fondo, en una ventana que daba al exterior se podía ver el luminoso de la casa de enfrente. La mano encerrada en un círculo: “El oráculo lo sabe”.


[1] La Muerte pretendía recordar una escena de “El sentido de la vida” de los Monty Python en la que La Muerte, irrumpe en un Cottege inglés para llevarse el alma de todos los presentes que han sido intoxicados por una Mouse de Salmón defectuosa.

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