Luzius: Capítulo 5

Quinto capítulo de Luzius. Y con este capítulo comienza el 2º acto, lo que sería el comienzo del 2º tebeo. Ya hemos tenido la presentación, ya hemos visto de qué va la historia. Ahora toca presentar nuevos personajes interesantes. Y, cómo no, lo volvemos a hacer con estupendas imágenes del Story para el guión cinematográfico de Santiago García-Clairac.

 

CAPÍTULO 5

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 ACTO 2

“Y el mar se teñirá de sangre…”

Capítulo 5

12:57:31

           Cap- 5x01 La oficina de Luzius estaba repleta de cuerpos. Morgan se encontraba a los pies de La Muerte que sujetaba el teléfono con su brazo caído mirando a los cadáveres con estupefacción. Frank y Lucy yacían sobre las mesas con los brazos lacios cayendo por los lados. Peter tenía la cabeza y los brazos metidos en la cristalera de los peces y la caja de comida flotaba en la superficie. Sin embargo, los peces preferían dar pequeños mordiscos a los ojos del hombre que a las gambas y lombrices liofilizadas de fábrica. ¿Quién podía culparles?

“¡Dios!” suspiró.

***

 

12:57:31

 

En la plaza de San Pedro del Vaticano, la gente paseaba tranquilamente. Cientos de palomas alzaban el vuelo cuando algún niño les arrojaba puñados de semillas. Una escena hermosa si no fuera porque el joven lo hacía sabiendo que al volar, el esfínter de estas aves se oprimía y producía que defecasen con rapidez y fruición sobre los incautos que se arremolinaban para ver la bonita estampa. Y es que las apariencias no son siempre fieles a la verdad, de la misma manera que se tiende a juzgar un libro por su tapa. Sin embargo, frente a una imagen de pureza, fidelidad y bondad como aquella, se podía esconder un lobo que pretendía entrar con mentiras en casa y limpiarse los dientes con tus huesos.

El Vaticano no es un museo; ni siquiera una iglesia. Es un Estado. Un ente religioso y político de vida propia repleto de oficinas, despachos y pasillos por los que circula frenéticamente el ir y venir de sus habitantes marcando el pulso del día a día.

Al igual que en el cuerpo humano, las actividades más importantes de su ciclo se realizaban en lo más profundo de su interior. En un pasillo concreto del Vaticano, donde la pared de su izquierda estaba construida con ladrillos rojos y carecía de ventanas.  Una bombilla cada diez metros iluminaba el camino recto hasta donde se perdía la vista, hasta la oscuridad. A la derecha había puertas de celdas con pequeñas rejillas centrales de las que saldría un hilo de luz si estuviesen ocupadas. Pero tan sólo de una de ellas al final del pasillo salía un haz brillante. Un cura caminaba por el pasillo a paso lento pero firme arrastrando su toga por el suelo. Apenas era visible bajo las bombillas, pero cuando cruzaba entre dos de ellas desaparecía en la oscuridad para volver a aparecer en el foco de la siguiente luz. Cualquiera podría confundirlo con una aparición fantasmal mientras se acercaba sin hacer el menor ruido hasta la celda iluminada.

El silencio fue interrumpido por fuertes gritos. Pero el espíritu de un sacerdote está forjado con templanza y fe, lo que no le hizo dudar y frenar su paso decidido.

Cap- 5x02

“¡NOOOOOO! ¡AAAARRGGGGG! CABRONES” escuchaba conforme se acercaba a la celda iluminada.

Ni el peor de los gritos, ni la mayor de las amenazas doblegaron su espíritu ni hicieron temblar su mano al girar el pomo; pues sabía que estaba en casa cuando abría la puerta.

“HIJOS DE PUTA. ID A JODEROS A UNA PUTA SIDOSA CURAS DE MIERDA”.

En el interior, una niña gritaba y escupía espumarajos sujeta con correas a una cama. Un cura rociaba agua bendita sobre su cuerpo. Otro cura vestido con sus mejores galas sostenía una Biblia entre las manos y recitaba oraciones en una constante letanía que se fundía en el caos de la habitación sin llegar a entender una palabra, pero sin perder la concentración.

Una pareja de edad avanzada, padre y madre de la niña, se abrazaban desesperados ante aquel horror. El cura recién llegado se colocó detrás de los padres y les posó ambas manos sobre sus hombros en gesto de saludo y de acogimiento. Poco aliento para quien ve a su hija dominada por la mayor de las locuras.

“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…” recitaba uno de los exorcistas.

“MI NOMBRE ES JEZABEL. TE DESEO CURA. DESNÚDAME, SEAMOS UNO. VAMOS”, escupió la niña poseída entre flemas y bilis.

Como si nunca hubiese estado allí, el rostro maléfico de la niña desapareció para dar paso a la ternura, ingenuidad e infancia que poseía antes de que un día terrible fuese poseída. Lloraba desconsolada consciente de que no era ella misma. Y en un acto reflejo comenzó a chupar las perlas blancas de la pulsera que decoraban su muñeca.

“¿Papá, mamá?”, dijo mientras se sorbía los mocos.

“… venga a nosotros tu reino” continuó el exorcista.

El exorcismo no había terminado. Los curas siguieron rezando y rociando su cuerpo con agua bendita. Pero la cara de la niña había vuelto a la normalidad y era lo único que necesitaba una madre para desmoronarse sobre su hija entre llantos, lágrimas, suspiros y besos. Tan rápido como se había ido, de nuevo, la cara se transfiguró en un monstruo repugnante de dientes mellados, babeante y con lengua bífida que lamía la cara de su madre con deseo y lascivia.

“Dame un besito. Ha, ha, ha”.

“Hágase tu voluntad en la Tierra como en el cielo”

Era mejor sacar a los padres para evitar situaciones como la que se acababa de producir y así pensó uno de los curas. Ellos ya habían hecho todo lo que habían podido, ahora les tocaba a los profesionales. La madre sólo pudo llorar desconsolada entre los brazos de su marido. Mientras, un engalanado exorcista alzaba sus manos al cielo como queriendo recoger todo el poder de Dios, y su ayudante seguía echando agua bendita y rezando el padre nuestro en eterna letanía.

“Señor Ministro, será mejor que salgan”, dijo el recién llegado mientras empujaba a la pareja suavemente hacia el exterior.

“Sí. Vamos querida”.

“NOOO. HIJO DE SATANÁS. NO INVADIRÁS EL CUERPO DE UNA INOCENTE. EL PODER DE CRISTO PREVALECERÁ. EL PODER DE CRISTO TE LO ORDENA. ABANDONA EL CUERPO DE ESTA NIÑA”, gritó el exorcista mientras la criatura se retorcía atada en su cama.

Padre y madre no aguantaban más aquella visión. Aquella no era su hija. Era preferible salir, olvidar, esperar. Y así lo hicieron.

Una vez fuera, el cura cerró la rejilla de la celda para que los gritos quedasen amortiguados y no pudiesen ver más dolor. Dolor, que sin embargo, permaneció en sus corazones y que los oprimió, como se oprimían ellos dos en un abrazo amoroso tras el lento recorrido por el pasillo bajo la atenta mirada de su pastor de almas.

“No se preocupen. Todo saldrá bien” intentó consolarles el cura. “El cardenal Papini es el más capacitado”.

En el interior de la celda, el exorcismo continuaba su cauce.

“FUERA. SAL DE ESTE CUERPO. POR EL PODER DE DIOS TODOPODEROSO. YO TE LO ORDENO. ABANDONA ESTE…”

“Ya basta”, gritó la niña en tono imperativo. Ante lo cual todos callaron y relajaron sus cuerpos.

El ayudante posó su mano sobre el hombro de su mentor. Éste ya había bajado los brazos y se abría el alzacuellos para respirar bien sin dejar de mirar hacia la puerta.

“Tranquilo ya se han ido” le susurró su ayudante.

“Joder, creía que Rafael no iba a llegar nunca. Estaba hasta las narices”.

“No me extraña. Has soltado todo el repertorio del Exorcista” le criticó la niña con voz de hombre.

“No me jodas. Y me lo dice el de dame un besito”.

Cap- 5x03

El cuerpo de la niña comenzó a cambiar de nuevo, pero esta vez el cambio fue más tranquilo y menos dramático. Su cuerpo creció, su pelo se acortó, su mentón se ensanchó y sus rasgos se volvieron masculinos. Sus ropas se estiraron y se ciñeron a su cuerpo cobrando vida y color negro como el de un sacerdote, como el de sus hermanos en la sala. Ante lo cual, exorcista y ayudante no mostraron la menor sorpresa.

La niña ya no estaba.

Sentado en la cama había otro cura que encendía un cigarrillo y que tenía la misma pulsera de perlas blancas que la niña.

Papini le encaró con la Biblia en la mano amenazante y dispuesto a soltar un puñetazo, mientras el ayudante se echaba las manos a la cabeza, desesperado.

“Que te den Papini. Yo por lo menos le he echado un poco de arte”.

“Y una mierda arte. A ti te encanta esto. Disfrutas viéndolos sufrir”.

“Que te jodan”.

“No, que te jodan a ti”.

“BASTA. Me tenéis harto. Siempre igual”.

El ayudante miró fijamente a sus colegas con una mano presionando una de sus sienes.

“El trabajo ya está hecho. Hay que traer a la niña y dársela a sus padres. Que alguien informe a Su Santidad”.

“Yo lo haré”.

“¡¿Cómo no?!”

“Que te den Papini”.

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