Luzius: Capítulo 7

Séptimo capítulo de Luzius. La cuenta atrás sigue. Y, cómo no, lo volvemos a hacer con estupendas imágenes del Story para el guión cinematográfico de Santiago García-Clairac.

 

CAPÍTULO 7

luzius_logo

09:13:01

Los cadáveres inundaban la oficina donde solía trabajar Luzius. La Muerte se encontraba rodeado de todos ellos cuando Luzius apareció en la puerta de la entrada de la oficina sujetando el pomo de la puerta. La mano que le quedaba libre tenía que utilizarla para agarrarse al marco. No sabía si se iba a caer el edificio entero, pero estaba seguro de que si no lo agarraba con todas sus fuerzas él se desplomaría de inmediato.

Cap- 7x01“¡Dios!” exclamó.

“Sí, es lo mismo que dije yo”, le dijo La Muerte.

Luzius se agachó sobre el cadáver de su antigua jefa. Con lentitud y cuidado le retiró la mano izquierda de la cara, y apartó el auricular del teléfono. Su rostro era completamente inexpresivo, tenía los ojos idos en blanco y le caía una baba asquerosa de la boca sobre unos papeles en el suelo.

“¿Yo he hecho esto?”, preguntó.

“La verdad es que no tengo ni idea. Yo sólo vine a por sus vidas y te oí gritar por el teléfono”, contestó la Muerte.

“Oh, dios, yo hice esto”.

La Muerte cogió a Luzius por los hombros y lo miró a la cara con severidad, pero Luzius estaba ido. Sus ojos no conseguían centrarse, su mente iba tan rápido que pensar era sólo un pensamiento. En los momentos de presión era donde se demostraba el carácter de un hombre, y tal y como reaccionaba Luzius, se encontraba muy abajo en la escala evolutiva.

“Luzius, primero lo del suicidio fallido, ahora esto. ¿Qué coño está pasando?”, preguntó la Muerte.

“Oh Dios, yo hice esto”.

“Luzius, escúchame”.

“Oh, Dios, yo hice esto”.

La Muerte le gritó y lo zarandeó intentando hacerle entrar en razón. Pero Luzius seguía en shock. Se suponía que cuando te ibas a suicidar tu agenda se quedaba vacía, en blanco. Pero habían ocurrido demasiadas emociones desde su “muerte” y no era fácil cuadrar la agenda ahora.

“Oh Dios, yo hice esto”.

“¡LUZIUS!”

En los momentos decisivos había dos vías posibles de acción: o tomabas las riendas, asumías la situación y comenzabas a tomar medidas para solucionar las cosas o… le pegabas un empujón a la personificación de La Muerte y salías corriendo para acabar tropezando con el pie de un hombre ahogado en un acuario.

“Cállate, tú no entiendes nada”, le gritó Luzius.

“Pues claro que no entiendo nada. Cómo quieres que lo entienda. Están pasando cosas que desafían todo lo que he estado haciendo hasta ahora. ¿Qué cojones está pasando? ¿Por qué esto es culpa tuya?”

Luzius se levantó rápidamente y encaró a La Muerte. Abrió sus brazos, abarcando la habitación completa, como un presentador de circo ante su espectáculo.

“NO LO SÉ JOHN. ¿VALE? NO LO SÉ. MIRA TODO ESTO. Cuando salté y vi acercarse el suelo tuve miedo y deseé vivir; y de pronto estaba mirando a ese otro tío, el que saltó conmigo. Luego apareciste tú y me acompañaste a casa. ¿Recuerdas que te dije que me gustaría que fuese un palacio? Bien, pues al abrir la puerta, mi casa era una puta mansión victoriana. Después me llamó mi jefa para echarme la bronca y le dije que se muriese, ella y todos los de la oficina. Y ya ves lo que ha pasado”.

Luzius tenía que recuperar el aliento, pero cuando el oxígeno inund

ó sus pulmones, de repente una arcada subió desde las profundidades del estómago para salir despedida en forma de vómito sobre los zapatos de la Muerte.

De rodillas, sobre su propio vómito, Luzius lloró.

“Oh Dios, es culpa mía”.

La Muerte le echó un brazo por el hombro, como un padre consolando a su hijo.

“Vamos, vamos. Ven conmigo. Yo sé lo que necesitas. Allí hablaremos”. Luzius levantó la cara llorosa y se encontró cara a cara con La Muerte. “Además, podría ser peor”.

“¿Qué hay peor que estar en los brazos de la Muerte?”, le preguntó Luzius sorbiéndose los mocos.

La sorpresa se abrió paso a través del rostro del cómico que La Muerte llevaba dentro y explotó en una risa estruendosa y sincera.

“Ja, ja, ja. Esa sí que es buena. Tú tienes futuro chaval. En los brazos de la muerte. ¿Qué podría ser peor? Ja”.

“Sí, bueno. ¿Quién sabe? Podría ser el fin del mundo”.

 

“Sí, Ja”.

***

08:56

 

:46

 

***

 

Luzius y la Muerte salieron del edificio agarrados por los hombros como dos amigos que hacía mucho que no se veían. Frente a la puerta, un elegante coche negro pitó como un canario cuando La Muerte apretó el mando de sus llaves. Podrías imaginar que La Muerte conduciría un coche fúnebre, pero nunca pensaste que en realidad se trataría de un actor cómico inglés; así que el coche al que se subieron los dos era un Mercedes con todo tipo de lujos. El panel de mandos parecía el de un avión de pasajeros, los asientos eran de cuero color crema, suaves como el roce de una mujer desnuda, y olían a nuevo. Fue irresistible para Luzius empezar a tocar todo en su interior. Acariciar el cuero, rozar con la yema de los dedos la madera que rodeaba las ventanas que subían y bajaban con empujar un simple botón.

Cap- 7x02

 

“Bonito coche”, le dijo.

“Gracias”.

“No toques ningún botón o puede que seamos transportados al limbo”.

“Oh, lo siento, no tocaré nada más”.

“Que es broma hombre”.

“Pues no tienes gracia”.

“No es lo que dicen las críticas, ni mi cuenta corriente”.

La calle quedó desierta después de que Luzius y la Muerte se hubiesen ido. Tan sólo quedaron los gatos en los portales de las casas.  Y entre ellos, Rudy, el gato de la señora McBrady. Llevaba 2 años vigilando la calle y aterrorizando a los roedores del lugar y los cubos de la basura del callejón de atrás. Veloz, astuto y silencioso, no supo ver la maleta que salía volando de su portal y que lo estampó contra la verja con forma de lanza que adornaba las escaleras. Pobre Rudy.

 

08:45:12

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