Luzius: Capítulo 8

Octavo capítulo de Luzius. En este episodio descubrimos a Christy. ¿Quién es Christy? Para saberlo tendrás que leerlo. Y, cómo no, lo volvemos a hacer con estupendas imágenes del Story para el guión cinematográfico de Santiago García-Clairac.

 

CAPÍTULO 8

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Las maletas son objetos que, durante su ciclo de vida, suelen estar vacías en su mayor parte; y en ocasiones, en los que se hacen viajes, se llenan hasta empacharse de objetos inútiles y algo de ropa. Suelen ser tratadas con cierta dignidad por sus dueños y con total desdén por operarios de embarque y aeropuertos. En este caso, la maleta de una joven prostituta llamada Christy, tomó el vuelo fuera de su casa antes que su propietaria, llevándose consigo la vida del pobre Rudy, el gato de la señora McBrady.

Christy, tenía 34 años y estaba embarazada de 8 meses. Abandonó su casa a los 17 para irse con su novio del instituto, un joven borracho, que comenzaba a jugar con las drogas. Una estupidez por su parte, pero ¿qué era el amor a los 17 años mas que estupidez concentrada y una adicción enfermiza por hacer lo incorrecto? Por desgracia, la estupidez es un mal que no se cura solo y tiende a extenderse por el organismo y a aunar fuerzas si no se le pone remedio.

Y, por si acaso, si tienes 17 años y alguien te dice que las drogas son un remedio, te miente.

Así acabó Christy vendiendo su cuerpo. Abandonada por todos pero sin que le faltase la compañía masculina sin escrúpulos con un par de libras en el bolsillo. Hasta que Clark, el último chulo que la había aceptado tras sus constantes recaídas en la droga, decidió que ya no la quería más. Christy salió empujada brutalmente del edificio tras su maleta, tropezó con las escaleras que subían a la entrada de la casa y cayó sobre sus pocas pertenencias que se habían desparramado por la calle.

“Largo de aquí”, le gritó Clark.

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Derrotada, sola y abatida, con su vida y su alma extendida sobre sus pies, Christy se levantó con la poca dignidad que le quedaba.

“No puedes hacer esto Clark”.

“Claro que puedo hacerlo. Ya no me sirves. Aquí hay normas”.

“Estoy embarazada hijo de puta”.

Clark, sobre las escaleras, desde la superioridad que le daba estar por encima de Christy, sonrió con la seguridad de quien sabe que la balanza estaba a su favor. El rímel corrido por las lágrimas de Christy le aseguraba que él era el chulo, él era el amo, él era el hombre.

“Precisamente. Ya conoces las reglas. Si te quedas embarazada fuera. A los clientes no les gustan las embarazadas, parece que afecta a su sentido de la moralidad. Ya ves tú”.

“Pues a ti bien que te gustaba, cerdo”.

“Sí, bueno. Pero ya me he aburrido y no traes dinero, así que lárgate”. Harto de la conversación, Clark zanjó la discusión. Le dio la espalda y cerró la puerta de un portazo sin ver cómo Christy levantaba su brazo derecho con el dedo corazón extendido en postura desafiante.

“Que te den, CABRÓN”. Abatida por su derrota, Christy se agachó para recoger sus pertenencias y devolverlas a la maleta. Era una maleta pequeña, y aun así toda su vida cabía en ella y le sobraba espacio. No podía preguntarse cómo había acabado así, porque ya lo sabía. Lo sabía desde hacía muchos años, y era consciente de que la culpa era suya. Los drogadictos llegaban a ser simples caricaturas de seres humanos, pero nunca estúpidos. “Puto mamón desalmado”.

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De repente, una contracción. Christy se agarró el estómago con dolor. Nunca antes había sentido algo así. Ni siquiera el dolor del mono era comparable. Puede que esta vez terminase todo. Pero no podía permitirlo, esta vez no. Porque ahora no luchaba por su vida. “Oh, Dios mío. Oh Dios mío. Ah, ah, ah”.

Christy respiraba con dificultad, pero estaba más calmada. Echada sobre el suelo seguía abrazando su barriga, acariciándola con la esperanza de que sólo hubiese sido un susto.

Al levantarse, vio sangre en su mano. Y el dolor de antes no fue nada comparado con el miedo a perder a la criatura. “Dios, ¿qué más puede pasar?”

Dicho y hecho. Unas gotas le hicieron alzar la mirada al cielo encapotado justo en el momento en el que se ponía a llover a cántaros. La sangre de su mano comenzó a caer por el brazo diluida en el agua. Y las gotas de lluvia se unieron a las lágrimas de desesperación.

Borrosa, entre su propio llanto, y la cortina de agua, Christy pudo ver una cruz en lo alto de una torre. Nunca había creído en Dios, pero en momentos de desesperación se es capaz de aceptar la ayuda de un mendigo tuerto, con una mano de cerámica, una pata de palo y grupo sanguíneo 13 positivo en alcohol.

“Gracias”, susurró.

Cap- 8x03

08:15:33

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