Luzius: Capítulo 10

Décimo y penúltimo capítulo de Luzius. La cuenta atrás para el fin del mundo está terminando. ¿Qué pasará? No lo descubriréis hasta el siguiente el capítulo pero mientras tanto lo mejor será tomarnos una copa junto con Luzius y La Muerte. Y, cómo no, lo volvemos a hacer con estupendas imágenes del Story para el guión cinematográfico de Santiago García-Clairac.

 

CAPÍTULO 10

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En una calle mugrienta de Londres donde ni las ratas se atrevían a frecuentar, se encontraba el club de striptease “La teta y la bestia”. Un luminoso de una mujer bailando en una barra americana sobre la puerta y un portero gorila en la entrada daban habida cuenta de que no se trataba de una farmacia. Para la gente que nunca había estado en su interior era el peor antro de todo Londres. Pero para la jet set de la ciudad y parte del extranjero era el mejor garito donde nadie te conocía si no le pagabas para que lo hiciera. Porque no sólo en el Vaticano las apariencias engañaban.

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La Muerte, de espaldas a la barra del bar, miraba a una de las bailarinas que se movían sensualmente alrededor de la barra. Barrigudos y salidos la admiraban con la misma pasión esperando a que se acercase para poder introducirle un billete de diez libras en el tanga y así satisfacer más de cerca sus ansias sexuales. Luzius prefería dar la espalda al espectáculo con una cerveza en la mano a punto de tener que pedir otra. Ya que la camarera, que llevaba puesto solo un Top Less mostrando sus generosamente siliconadas tetas, estaba limpiando vasos, pero siempre dispuesta a servir lentamente una nueva copa. Whisky y cerveza será lo mejor. Y ya iban sobre la barra cuatro vasos de chupitos vacíos que querían más compañía.

 

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“¿Ves?, te dije que este sitio te iba a gustar”, comentó La Muerte mientras cambiaba la visión de unas tetas danzarinas por las que limpian vasos.

“¿Vienes muy a menudo?” le preguntó Luzius.

“La verdad es que no. Pero ten en cuenta que, en cierto modo estoy en todas partes, así que no sé muy bien qué contestar de verdad”.

Luzius se bebió de un trago la cerveza y raudo como el rayo, La Muerte, pidió una cerveza y otro chupito.

La camarera dejó las cervezas sobre la mesa apoyando sus tetas en la barra para que las pudiesen ver bien como reclamo. Sin embargo, Luzius ni las miró. Prefería las visiones que provocaba el alcohol a las oportunidades que se le mostraban delante. Por el contrario, la Muerte sonrió ampliamente a la camarera.

“Me parece que aquí no te reconocen”, dijo Luzius.

“Eso es porque no quiero. Digamos que puedomatar su interés por mí. Es uno de los privilegios de ser un basurero universal”.

“Entonces ¿puedes matar a voluntad?”

La Muerte le fulminó con la mirada. No se llamaba “asesino” a un asesino.

“Yo no he dicho eso. Si pudiese llevarme vidas así como así ya me habría cargado a Jim Carrey. Odio a Jim Carrey”.

“Amen hermano”.

Luzius chocó la cerveza con la Muerte para brindar. (¿Tú no odias a Jim Carrey?) Los dos bebieron de las jarras de un solo golpe y siguieron de igual manera con los chupitos. Un dedo levantado indicó a la camarera que pusiese otra ronda y que de paso dejase ver sus buenas maneras en el proceso.

“Ahora en serio John. ¿Qué coño está pasando?”

“No lo sé, Luzius. Es difícil. Yo sólo sé que los tíos de la oficina no murieron de una muerte normal. Yo entiendo de estas cosas”.

“Los maté yo. Yo deseé que muriesen y murieron. Eso es lo raro”.

“Sí, sí que es raro. Primero esta mañana. Yo estaba allí para llevarme tu vida y la de aquel pringao castrado que saltó contigo. Estaba preparado, te lo juro. No sabes las veces que lo he hecho. Va y zas… tu vida ya no está disponible y apareces junto al castrado. Es lo más raro que he visto en mi vida. Y te juro que he visto mucha mierda”.

“Sí, seguro. Mucha mierda”. Luzius se tragó de nuevo la cerveza y el chupito de whisky de un trago. Pero La Muerte solo pudo mirarlo y compadecerse de él con una mano sobre su hombro.

“Mira chaval. Deseaste vivir y viviste. Deseaste un palacio y allí apareció. Deseaste que esa zorra muriese y murió”.

“Sí, esa zorra”.

“Joder Luzius. Ni siquiera yo, un ente cósmico creado directamente por el mismísimo Dios puedo hacer lo que quiero. Eres un tío con suerte”.

La camarera le llenó de nuevo la jarra a Luzius que ya tenía los ojos semicerrados. El alcohol comenzaba a hacer efecto, sus penas parecían menores, sus problemas lejanos, y ese par de melones más grandes y más apetecibles.

“Tienes razón amigo. Tengo mucha suerte. Dime qué es lo que quieres amigo, porque tú eres mi amigo. Dime lo que quieres y tu amigo, el todopoderoso Luzius Finend, te lo concederá”.

Y una vez más Luzius se tomó el chupito de un golpe, lo que le obligó a echar la cabeza hacia atrás, y casi provocó que se cayese. Mientras, La Muerte se rascaba la barbilla en estado pensativo y risueño, más propio de la borrachera que de la genialidad.

“Pues en realidad, lo que ahora más quiero es ir a mear”, terminó por proclamar.

Luzius golpeó la mesa con el vaso vacío y se levantó con ímpetu renovado pero equilibrio defectuoso.

“Concedido. Puedes ir al baño y mear todo lo que quieras. Otra ronda señorita”.

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